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Una noche cualquiera Imprimir

Al terminar de atarme mi excitación era enorme, inmóvil, bajo el calor de su sexo deseaba con todas mis fuerzas comer de cada milímetro de su cuerpo. Me besó con fuerza, cuando quise responder se alejó unos centímetros que me permitían rozar sus labios pero no saborearlos. Durante unos segundos me torturó con ese juego, después se sentó sobre mis piernas.


Me vestí informal, unos pantalones vaqueros no demasiado ajustados. Zapatos marrones con estilo deportivo y una camisa negra que jamás he llevado por dentro del pantalón. Tengo el pelo moreno y suelo llevarlo bastante corto.
La verdad es que he tratado siempre de mantenerme activo físicamente. Aprovecho cualquier ocasión para jugar a fútbol con los amigos, salgo a correr una o dos veces por semana y cuando podemos, Sandra y yo, vamos a jugar a tenis. Recuerdo que al pensar en aquello me venía a la memoria la excitante imagen de Sandra con su ropa de deporte, la faldita blanca y las muñequeras. Ella es algo más baja que yo y, gracias a su fina cintura, su cuerpo tiene curvas. No es una mujer de portada de revista de modelos, y doy gracias al cielo por ello. Me gusta saber que puedo darle un mordisco en el culo sin hacerle daño, no me da la sensación de una mujer frágil, sino de alguien capaz de aguantar un fuerte abrazo y devolverlo con pasión. Ella insiste en que debería perder unos kilos, yo suelo responderle que los ingrese en mi cuenta. El pelo, también moreno, le cae con ciertos rizos sobre los hombros. Sus pechos poseen un volumen acorde a su cadera, me encantan dado que poseen el tamaño justo que pueden abarcar mis dedos, a mis labios se les quedan grandes pero esto es todavía mejor.
Cuando llegué al bar donde habíamos quedado ella aún no estaba allí. Pedí dos cañas y esperé ojeando la decoración del local. No tardó más de un par de minutos. Estaba espléndida.

En un segundo la miré de arriba abajo, ella me estaba dando tiempo para ello, llevaba unas botas negras que subían casi hasta la rodilla. El tacón no era demasiado alto, un par de centímetros. Un vestido negro le caía desde los hombros hasta prácticamente el principio de las botas, tenía bordados rojos que representaban lianas cruzadas en forma oblicua sobre todo su cuerpo. Era de tipo oriental, con una cremallera en un costado cuya apertura hacía las delicias de mis deseos. Lucía uno sencillos pendientes que yo mismo le había comprado en un mercadillo y la sonrisa más bonita que he visto jamás.



 

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